Confidencias de un día con Juan

“Te prometo que volveremos a vernos Juan”

Lo prometido es deuda. Dos semanas más tarde, Juan vuelve a estar en compañía, después de ese primer agradable encuentro en el bar del Casal de Sarriá , pero esta vez Helena no va sola; cuatro amigas la acompañan en la aventura.

Y en efecto, es una total aventura que deseamos compartir con vosotros, a los que ya tuvisteis el placer de conocer a Juan la Primera Vez , y a todos los que todavía tenéis la oportunidad de descubrirlo. 

Junto con cuatro amigas más, -las que redactamos estas líneas-, Helena ha organizado una tarde repleta de actividades que en su momento descubrió que Juan disfrutaba haciendo, cuando podía.

No nos gustaría que esto pareciese un simple resumen de una tarde con una persona sin techo, pues este no es para nada nuestro objetivo. Lo que pretendemos es hurgar en nuestros pensamientos e impresiones más sinceras, e intentar así dar con una realidad oculta y tímida de nuestros juicios hacia el indigente, hacia la pobreza y hacia la diferencia de mundos en general.  

ANTES DE JUAN 

Estamos entre excitadas e inquietas. ¿Se acordará de que habíamos quedado el lunes por la tarde? “Quizás, al vivir en la calle, no controla los horarios como lo hacemos nosotros.” Sí…Es lo que parece y es lamentable; hablábamos de él como si se tratase de un ermitaño.

Nos dirigimos hacia su hogar,  entre los bambúes, parece que está durmiendo y tenemos miedo a despertarlo y justo cuando decidimos marcharnos nos damos cuenta de que Juan está despierto. Decidimos marcharnos al bar y así poder pensar en qué hacer. ¿Vamos todas? ¿Vamos dos? ¿Va una?  Finalmente, decidimos que lo mejor es que vaya Helena, ya que es la única que le conoce personalmente.

El resto de las chicas nos quedamos en el bar. Mientras esperamos, nos cuestionamos algo tan estúpido como cómo debemos saludar a Juan. “¿Le damos dos besos?¿La mano?¿Nos limitamos a asentir con la cabeza?” Nos damos cuenta de lo inconcebible que sería hacerse estas mismas preguntas si no se tratase de una persona sin techo. Incluso antes de conocerle, no paramos de cuestionarlo absolutamente todo. Tenemos un pensamiento preconcebido acerca de Juan que nos dice que nos puede pasar algo malo. Que nos robe, que se nos insinúe, incluso que nos quiera tocar. Y es chocante, sí, pero pensamos esto y estas líneas reivindican sinceridad.

Finalmente, Helena aparece con él. Se ve que se había pasado toda la mañana esperándonos. “Pobre…” Pensamos.  Se sienta en la mesa y nos saluda. Saca su tabaco y empieza a liarse un cigarro.

“No os he presentado”, dice Helena. “Juan, estas son Patricia y Araceli”

Les da la mano cordialmente. Al final nos hemos dado la mano. Fin de la incógnita.

CON JUAN 

Durante la comida, a la cual está más que invitado, Juan nos cuenta diversas cosas de su pasado. Su infancia en Albacete, una dislexia que le condujo a  dejar sus estudios cuando todavía era muy jóven…Le escuchamos con atención, mientras él va sirviéndose vino de una botella que ha pedido y que nosotras rezamos por que no sea demasiado bueno.

Cuando nos traen el plato Juan no tarda ni cinco segundos en ofrecernos una cucharada de sus habas. Helena le dice que no, que no le gustan. Patricia responde lo mismo. Solamente Araceli acepta probar un bocado, mientras las dos otras la miramos fijamente pensando: “que cojones tiene…”. Es penoso y somos conscientes. Como si un hombre sin techo y sin dentadura fuese sinónimo de enfermedad e intoxicación. Poco a poco nos damos cuenta de lo difícil que es desvincularse de la conciencia ya formada que tenemos, de todos los estigmas y los estereotipos que viven retraídos dentro de nosotras.

Le hablamos con cuidado porque da miedo y vergüenza ofender. Es evidente que no sabemos hablar con un mendigo porque, creemos, forma parte de un colectivo con el que la gente con techo interacciona -demasiado- poco.  Una vez más, tenemos prejuicios que nos dicen que si le ofendemos responderá de manera violenta o muy inesperada. Sin embargo, vamos observando que de violento tiene poco. Por eso cada vez nos permitimos estar más relajadas. El contacto físico se vuelve un poco más natural, aunque nunca deja de ser insólito. El ambiente se destensa (por nuestra parte, porque por la suya no parece haber estado tensa en ningún momento). A medida que pasa la tarde, vamos ganando confianza; tocamos la guitarra, dibujamos e incluso bailamos Sorry de Justin Bieber. Las conversaciones son un poco más sinceras que al principio, pero aún así sería cobarde no admitir que vamos todas con pies de plomo.

Unknown.jpeg

Foto Realizada por Araceli Jiménez

Y de repente aparece una mujer. De entrada, sólo sabemos que se conocen mutuamente. No conocemos su nombre ni su relación con Juan pero el encuentro parece haber sido fortuito. Cuando él la ve, grita su nombre y le dice que se acerque. Ella al principio se muestra reacia, pero acaba viniendo y se sienta en el césped del parque, junto a nosotros. Va vestida de calle, informal, y se ha traído un tupper con comida. Lo primero que nos preguntamos interiormente es: “¿Vivirá también en la calle?”. A primera vista no lo parece. Es cierto que está muy delgada, pero nos dice que es a causa de una enfermedad. Por lo demás, tiene buen aspecto, quizás sea una mujer humilde, pero no parece vivir en la calle. En todo caso, cuando le preguntamos de qué conoce a Juan (en un momento en el que él no está presente), es cuando ocurre una cosa muy interesante. Notamos que quiere decirnos algo, quiere dejar algo claro pero no sabe cómo. Se conocen del barrio, explica, y se encuentran de vez en cuando. “Somos amigos, ya sabes, no se puede…Juan vive en otro mundo…Nos llevamos muy bien ¿entiendes lo que quiero decir?”. Claro que entendemos lo que quiere decir. Asentimos con una sonrisa. Cuando la mujer decide marcharse, Juan le reclama un beso. Ella vacila dos segundos pero él insiste. Da la impresión de que no se atreve a darle un beso delante nuestro, pero al final se lo da. Y se va.

Si a nosotras nos cuesta interaccionar con Juan, nos damos cuenta, en ese momento, de lo difícil que puede llegar a ser para ella aceptar que no solamente es amiga de Juan, una persona que según ella vive en un mundo paralelo. Y de repente nos convertimos en las personas más empáticas del mundo. Sabemos -salvando las distancias- lo que se siente al relacionarse con alguien tan diferente a nosotros. Es necesario destacar que somos perfectamente conscientes de que la diferencia no conlleva la desaprobación. Sabemos que el techo no es ninguna frontera que separa el bien del mal, que el hecho de no tener dentadura no te convierte en una persona más o menos digna. Pero aún así, ninguna de nosotras, ni siquiera la mujer que conocimos, fue capaz de desligarse de los prejuicios tan arraigados que nos contamina el pensamiento.

DESPUÉS DE JUAN

El día no se acaba aquí, pero todo lo que sigue son más y más momentos en los que agachamos la cabeza y, entre avergonzadas y disgustadas, seguimos asimilando que vivimos en una sociedad donde impera una consciencia colectiva de selección natural, el débil o el pobre lo son por naturaleza. Y obviamos muchas veces las condiciones sociales, culturales y económicas. Escuchar y hablar con Juan nos ha hecho percibir la formación de cánones y parámetros que utilizamos para clasificar a la gente. Si te alejas de este canon, no eres “normal”. Todo lo desconocido se transforma, por antonomasia, en alguien o algo peligroso.

Su cama, dónde nos invitó a tumbarnos como el más hospitalario de los hombres, fue un muy bonito lugar de reflexión e introspección. Nos dimos cuenta de que estamos siempre influenciados,  – incluso inconscientemente -, por una ideología dominante que nos convierte en creadores de estereotipos corrompidos. Dicho de otra manera, parece que esta sociedad nos condene a juzgar al que es diferente.

Tenemos otra deuda pendiente con Juan. La próxima vez, porque seguro que la hay, deberá saber que nos ha hecho ver y entender la realidad con un poquito más de sinceridad.

Captura de pantalla de una 5/1/2016 Las 20.56.59.png

Foto Realizada por Helena Palau

 Para saber más sobre Juan:

Araceli Jiménez

Lluna Falgàs

Patricia Huguet

Helena Palau

 

 

 

 

 

 

 

“A base de apuñaladas aprendes a resucitar”

No molestes a este hombre.

Esta frase, aparentemente inofensiva, es la que me incita a escribir estas líneas hoy. Me la dijo mi madre hará unos doce años, durante una de esas tantas tardes en las que íbamos a jugar al parque Santa Amelia, situado en la frontera entre Pedralbes y Sarriá.

¿Quién era este hombre? Os preguntaréis. Para mí era Juan, para mi madre, un vagabundo.

Hoy será un gran día. Todavía no soy consciente de ello, pero atreverme a molestar a Juan es una de las cosas más bonitas y reveladoras que voy a hacer en mucho tiempo.

Sé dónde encontrarlo, así que con un boli, un folio y una gran dosis de timidez, me dirijo a las proximidades de su escondrijo y emito una especie de ruido retraído que se parece a la palabra Juan. No me oye, o no está. Así que camino hacia la terraza del bar del parque por vergüenza a que alguien me vea hablando a unos bambúes. Y ahí está, deambulando por la terraza. Es la oportunidad perfecta para invitarle a algo. Acepta decidido y me dice que quiere una manzanilla. Sinceramente, no me esperaba que pidiese una manzanilla, para que nos vamos a engañar, si no tuviese prejuicios no estaría escribiendo esto. Pero en fin, yo pido un café, nos sentamos y mientras se lía un cigarro, le pregunto si le puedo grabar la voz. Vuelve a aceptar decidido.

¿De qué nos conocemos? me pregunta. Me descoloca que sea él quien empieza a interrogar y también me hace pensar que se ha fiado de mí, sin antes saber quién soy.

Helena:  Del barrio, bueno tu no me conoces a mí, pero yo te conozco a ti. Voy siempre con un perro blanco grande.

Juan: Ah sí ya sé. Descruza las piernas, sin tensión [me da una palmada en la pierna].

H: Jajaja, vale, perdón [me sonrojo].

J: Venga, pregunta.

H: ¿Cuántos años tienes?

J: 57

H: ¿Cuántos años hace que estás por el barrio?

J: Mmm…Unos doce años.

H: ¿Qué haces durante el día?

J: [se lo piensa durante unos segundos] Nada, normalmente. Algún trabajito a veces.

H: ¿Y porqué estás aquí?

J: Porque me gusta.

H: ¿Qué es lo que te gusta de este barrio?

J: Mmm…Este es un barrio, pues, que la gente tiene una madurez más particular. La gente es más…yo me relaciono con sicólogos, ingenieros, médicos…que saben distinguir.

Le cuesta expresarse, pero creo que tiene las cosas más claras de lo que aparenta.

H: ¿Quieres decir que aquí la gente es más madura?

J: Sí, bueno, hay de todo, pero me relaciono con gente de bien, aquí en la iglesia por ejemplo.

Se refiere a la iglesia de los Capuchinos, donde a cambio de arreglar el patio recibe alimentos, me explica.

H: ¿Y con la gente de mal nunca te relacionas?

J: Ufff [se ríe], la gente de mal hay que olvidarla. Si no, te hunden y ya no te levantas.

Noto que no le gusta hablar sobre este tipo de gente, pero me interesa indagar e insisto.

H: ¿Te has encontrado a mucha gente de mal?

J: Buf…A puñaos, a montones, sí, desde siempre, desde que tengo memoria, y fíjate, que no tengo mucha, pero…[se ríe]. Pero hay que olvidarla eh, en serio, si no vas mal.

H: ¿Cómo ha sido la gente contigo para que la consideres mala?

J: Pues gente que, consciente o inconscientemente [se atrabanca al decir esto último], te hace daño, te hiere la sensibilidad. Hay gente que sabe dar en el blanco para que ese día ya no tengas más ganas de pedir limosna.

H: ¿Me puedes dar un ejemplo?

J: Hay personas que van con el engaño, con la mentira en los ojos ¿sabes? La ves rápido, porqué va directo a ti con las manos en el bolsillo haciendo ver que te va a dar un donativo. Y tu estás ahí mirando y pensando “ostia esta persona me va a dar un donativo”, y saca un móvil [expira decepcionado] y te engaña, porque te mira, pero no te ayuda.

Nos quedamos en silencio cinco segundos

J: Y luego hay personas que te miran mal o con cara de asco… porque están muy acostumbrados a ducharse cada día. [Sonreímos] Aquí se nota la inmadurez.

H: ¿Y qué pasa con los que ni te miran? ¿Lo notas?

J: Pues…es la gente que tiene miedo a dar el paso. Claro que lo noto. Ves a la gente incapaz, gente a la que le faltan fuerzas para poderte dar un donativo. Me dan lástima porque no saben lo que significa ¿sabes?

H: ¿Qué no saben exactamente?

J: Pues eso, estar ahí en la puerta del supermercado tantas horas pasando hambre, se les caería una montaña encima [se ríe con un tono burlón]. Es desagradable la gente que te mira mal, da lástima por su inmadurez, pero la gente que hace ver que no existes es peor, porque si no eres tan fuerte como yo, te puedes hundir, te acabas creyendo que no eres nada y ahí es cuando estas mal, te entran ganas hasta de llorar.

H: ¿Lloras cuando te tratan así?

J: Claro, como todo el mundo. Hay cosas que te superan, te pueden. Es muy complicado aprender a convivir con gente que no te quiere ahí donde estás, ¿me entiendes? Por eso yo nunca pido nada, si alguien me quiere dar un ayudita yo digo gracias, gracias. Pero no puedo molestar a las personas porque ellas lo que intentan es no mirarme, así me evitan y es más fácil, no se sienten tan mal.

H: Intentan mirar hacia otro lado. [Juan asiente, yo me mantengo seria porque no le quiero ofender, pero en mi interior pienso que es exactamente lo que quería oír]

J: Pero bueno, chica, a base de apuñaladas aprendes a resucitar.

Le digo que me encanta esta última frase, y me la apunto, lo primero que escribo en mi folio desde que ha empezado la conversación. A partir de aquí, cada vez se parece menos a una entrevista; ya no le pregunto nada porque es él quien tiene ganas de hablar. Me explica que es artista, que hace grabados y que toca la guitarra. Me explica su antigua vida en Albacete. Hasta que se acaba el segundo cigarro y dice:

J: Bueno, lo que podemos hacer ahora es dejarnos ya de tanta charla y vamos a dónde yo vivo, aquí en las cañas [de bambú].

Me quiere invitar a su casa, no me lo puedo creer. Aceptémoslo, es difícil procesar que te quiera invitar a su casa, cuando sabes perfectamente que duerme entre unos arbustos. Pero él no tiene ningún problema. Le sigo, voy apartando los matojos, y cuando llegamos se disculpa por el desorden; tres latas de cerveza vacías al lado de su colchón. Ya es el colmo. Pienso en cómo está mi habitación ahora mismo y se me cae la cara de vergüenza.

Me pregunta si quiero hacer fotos e incluso me hace sentar en su cama para fotografiarme a mí.

Es bastante tenso aunque él quizá no se da cuenta. En ese momento tengo ganas de decirle: “¡Basta Juan! No quiero vivir ni por un segundo lo que vives tú.”

Porque tiene razón, se nos caería el mundo encima si fuésemos Juan más de cinco minutos. Sin nadie con quien hablar pero con tanto que explicar. Procurando existir pasando desapercibido, sin comida, sin techo, sin afecto y lo peor de todo, sin aceptación. ¿Y porqué? Porque nos da vergüenza. Porque nos incomoda. Porque nos da miedo que nuestros hijos se acerquen a estas personas, como demostró mi madre. Y entonces, miramos hacia otro lado. Y no somos conscientes pero estamos dando en el blanco. Estamos apuntado al corazón de toda esa gente que no tiene nada y lo estamos destruyendo poco a poco. Hacer ver que no nos damos cuenta de que están ahí, de que existen, es contribuir a su olvido, a su muerte social.

Y así es como el mundo se está llenando de dos tipos de personas: las que piden ayuda y piensan que nadie las oye, y las que nunca han necesitado ayuda y no se atreven a escuchar.

 

Os dejo esta maravillosa y absurda viñeta de Joan Cornellà. En mi opinión, expresa lo peligrosos que son unos ojos que no ven.

joan cornella

Helena Palau de Arvizu