“A base de apuñaladas aprendes a resucitar”

No molestes a este hombre.

Esta frase, aparentemente inofensiva, es la que me incita a escribir estas líneas hoy. Me la dijo mi madre hará unos doce años, durante una de esas tantas tardes en las que íbamos a jugar al parque Santa Amelia, situado en la frontera entre Pedralbes y Sarriá.

¿Quién era este hombre? Os preguntaréis. Para mí era Juan, para mi madre, un vagabundo.

Hoy será un gran día. Todavía no soy consciente de ello, pero atreverme a molestar a Juan es una de las cosas más bonitas y reveladoras que voy a hacer en mucho tiempo.

Sé dónde encontrarlo, así que con un boli, un folio y una gran dosis de timidez, me dirijo a las proximidades de su escondrijo y emito una especie de ruido retraído que se parece a la palabra Juan. No me oye, o no está. Así que camino hacia la terraza del bar del parque por vergüenza a que alguien me vea hablando a unos bambúes. Y ahí está, deambulando por la terraza. Es la oportunidad perfecta para invitarle a algo. Acepta decidido y me dice que quiere una manzanilla. Sinceramente, no me esperaba que pidiese una manzanilla, para que nos vamos a engañar, si no tuviese prejuicios no estaría escribiendo esto. Pero en fin, yo pido un café, nos sentamos y mientras se lía un cigarro, le pregunto si le puedo grabar la voz. Vuelve a aceptar decidido.

¿De qué nos conocemos? me pregunta. Me descoloca que sea él quien empieza a interrogar y también me hace pensar que se ha fiado de mí, sin antes saber quién soy.

Helena:  Del barrio, bueno tu no me conoces a mí, pero yo te conozco a ti. Voy siempre con un perro blanco grande.

Juan: Ah sí ya sé. Descruza las piernas, sin tensión [me da una palmada en la pierna].

H: Jajaja, vale, perdón [me sonrojo].

J: Venga, pregunta.

H: ¿Cuántos años tienes?

J: 57

H: ¿Cuántos años hace que estás por el barrio?

J: Mmm…Unos doce años.

H: ¿Qué haces durante el día?

J: [se lo piensa durante unos segundos] Nada, normalmente. Algún trabajito a veces.

H: ¿Y porqué estás aquí?

J: Porque me gusta.

H: ¿Qué es lo que te gusta de este barrio?

J: Mmm…Este es un barrio, pues, que la gente tiene una madurez más particular. La gente es más…yo me relaciono con sicólogos, ingenieros, médicos…que saben distinguir.

Le cuesta expresarse, pero creo que tiene las cosas más claras de lo que aparenta.

H: ¿Quieres decir que aquí la gente es más madura?

J: Sí, bueno, hay de todo, pero me relaciono con gente de bien, aquí en la iglesia por ejemplo.

Se refiere a la iglesia de los Capuchinos, donde a cambio de arreglar el patio recibe alimentos, me explica.

H: ¿Y con la gente de mal nunca te relacionas?

J: Ufff [se ríe], la gente de mal hay que olvidarla. Si no, te hunden y ya no te levantas.

Noto que no le gusta hablar sobre este tipo de gente, pero me interesa indagar e insisto.

H: ¿Te has encontrado a mucha gente de mal?

J: Buf…A puñaos, a montones, sí, desde siempre, desde que tengo memoria, y fíjate, que no tengo mucha, pero…[se ríe]. Pero hay que olvidarla eh, en serio, si no vas mal.

H: ¿Cómo ha sido la gente contigo para que la consideres mala?

J: Pues gente que, consciente o inconscientemente [se atrabanca al decir esto último], te hace daño, te hiere la sensibilidad. Hay gente que sabe dar en el blanco para que ese día ya no tengas más ganas de pedir limosna.

H: ¿Me puedes dar un ejemplo?

J: Hay personas que van con el engaño, con la mentira en los ojos ¿sabes? La ves rápido, porqué va directo a ti con las manos en el bolsillo haciendo ver que te va a dar un donativo. Y tu estás ahí mirando y pensando “ostia esta persona me va a dar un donativo”, y saca un móvil [expira decepcionado] y te engaña, porque te mira, pero no te ayuda.

Nos quedamos en silencio cinco segundos

J: Y luego hay personas que te miran mal o con cara de asco… porque están muy acostumbrados a ducharse cada día. [Sonreímos] Aquí se nota la inmadurez.

H: ¿Y qué pasa con los que ni te miran? ¿Lo notas?

J: Pues…es la gente que tiene miedo a dar el paso. Claro que lo noto. Ves a la gente incapaz, gente a la que le faltan fuerzas para poderte dar un donativo. Me dan lástima porque no saben lo que significa ¿sabes?

H: ¿Qué no saben exactamente?

J: Pues eso, estar ahí en la puerta del supermercado tantas horas pasando hambre, se les caería una montaña encima [se ríe con un tono burlón]. Es desagradable la gente que te mira mal, da lástima por su inmadurez, pero la gente que hace ver que no existes es peor, porque si no eres tan fuerte como yo, te puedes hundir, te acabas creyendo que no eres nada y ahí es cuando estas mal, te entran ganas hasta de llorar.

H: ¿Lloras cuando te tratan así?

J: Claro, como todo el mundo. Hay cosas que te superan, te pueden. Es muy complicado aprender a convivir con gente que no te quiere ahí donde estás, ¿me entiendes? Por eso yo nunca pido nada, si alguien me quiere dar un ayudita yo digo gracias, gracias. Pero no puedo molestar a las personas porque ellas lo que intentan es no mirarme, así me evitan y es más fácil, no se sienten tan mal.

H: Intentan mirar hacia otro lado. [Juan asiente, yo me mantengo seria porque no le quiero ofender, pero en mi interior pienso que es exactamente lo que quería oír]

J: Pero bueno, chica, a base de apuñaladas aprendes a resucitar.

Le digo que me encanta esta última frase, y me la apunto, lo primero que escribo en mi folio desde que ha empezado la conversación. A partir de aquí, cada vez se parece menos a una entrevista; ya no le pregunto nada porque es él quien tiene ganas de hablar. Me explica que es artista, que hace grabados y que toca la guitarra. Me explica su antigua vida en Albacete. Hasta que se acaba el segundo cigarro y dice:

J: Bueno, lo que podemos hacer ahora es dejarnos ya de tanta charla y vamos a dónde yo vivo, aquí en las cañas [de bambú].

Me quiere invitar a su casa, no me lo puedo creer. Aceptémoslo, es difícil procesar que te quiera invitar a su casa, cuando sabes perfectamente que duerme entre unos arbustos. Pero él no tiene ningún problema. Le sigo, voy apartando los matojos, y cuando llegamos se disculpa por el desorden; tres latas de cerveza vacías al lado de su colchón. Ya es el colmo. Pienso en cómo está mi habitación ahora mismo y se me cae la cara de vergüenza.

Me pregunta si quiero hacer fotos e incluso me hace sentar en su cama para fotografiarme a mí.

Es bastante tenso aunque él quizá no se da cuenta. En ese momento tengo ganas de decirle: “¡Basta Juan! No quiero vivir ni por un segundo lo que vives tú.”

Porque tiene razón, se nos caería el mundo encima si fuésemos Juan más de cinco minutos. Sin nadie con quien hablar pero con tanto que explicar. Procurando existir pasando desapercibido, sin comida, sin techo, sin afecto y lo peor de todo, sin aceptación. ¿Y porqué? Porque nos da vergüenza. Porque nos incomoda. Porque nos da miedo que nuestros hijos se acerquen a estas personas, como demostró mi madre. Y entonces, miramos hacia otro lado. Y no somos conscientes pero estamos dando en el blanco. Estamos apuntado al corazón de toda esa gente que no tiene nada y lo estamos destruyendo poco a poco. Hacer ver que no nos damos cuenta de que están ahí, de que existen, es contribuir a su olvido, a su muerte social.

Y así es como el mundo se está llenando de dos tipos de personas: las que piden ayuda y piensan que nadie las oye, y las que nunca han necesitado ayuda y no se atreven a escuchar.

 

Os dejo esta maravillosa y absurda viñeta de Joan Cornellà. En mi opinión, expresa lo peligrosos que son unos ojos que no ven.

joan cornella

Helena Palau de Arvizu

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One thought on ““A base de apuñaladas aprendes a resucitar”

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